La voz antes de la palabra: escuchar el lenguaje que todavía no tiene verbo

La voz tiene muchas modalidades. Puede hablar, cantar, susurrar, gritar, reír, respirar, callar. Puede ser palabra, pero también se expresa allí donde todavía no hay palabras.

Es “ese cuerpo invisible”, como suelo decir. Y, como tal, tiene múltiples funciones y formas de expresión.

En el trabajo clínico con personas autistas con ausencia o escaso lenguaje verbal, esta idea resulta especialmente importante:

¿Qué ocurre cuando la palabra no es la principal vía de comunicación?

Quizás necesitamos, primero, ampliar nuestra propia idea de lenguaje.

Los sonidos, el canto, el ritmo y las canciones pueden convertirse en vías de expresión y de encuentro con personas que todavía no utilizan el lenguaje verbal.

Además de constituir recursos específicos dentro de la musicoterapia, los sonidos que preceden o acompañan al lenguaje verbal pueden ofrecernos posibilidades para escuchar qué está sucediendo en el vínculo y, desde ese lugar sutil de encuentro, favorecer también las condiciones para que el lenguaje pueda aparecer cuando sea posible.

La investigación aporta datos interesantes en este sentido. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada por Shi et al. (2024) incluyó 18 ensayos clínicos aleatorizados, con un total de 1.457 niños y niñas autistas, y encontró efectos favorables de la musicoterapia sobre la comunicación lingüística y las habilidades sociales. Sin embargo, los propios autores señalan una elevada heterogeneidad entre los estudios, algo que obliga a interpretar estos resultados con prudencia. Como siempre señalo, la investigación científica es importante, pero cabe tener en cuenta la clínica del uno a uno, y las reflexiones de intervención más que las generalizaciones y certezas absolutas.

Por tanto, según las investigaciones científicas podemos hablar sin duda de resultados prometedores, pero no de una eficacia universal ni de una relación causal simple entre musicoterapia y aparición del lenguaje verbal.

Y esta distinción es importante. Sobre todo, cuando nos deparamos con la enorme expectativa cuando las familias empiezan un tratamiento psicológico que incluye musicoterapia.

Por otro lado, un terapeuta que desarrolla recursos artísticos aprende a prestar atención a otras formas de respuesta que están vinculados a esa expresión. En el caso de la música puede ser una vocalización, una repetición sonora, una variación en el ritmo, una pausa, una mirada, un movimiento, una aproximación o un alejamiento cuando aparece el estímulo musical…

En el tratamiento del autismo no verbal, la pregunta no debería ser únicamente:

¿Cómo conseguimos que hable?

También necesitamos preguntarnos:

¿Qué está diciendo ya? ¿De qué manera lo está diciendo? ¿Somos capaces de escucharlo?

Cuando el sonido y la música se convierten en lenguaje

Un ritmo puede ser compartido, una melodía puede ser esperada, una pausa puede ser respondida y un sonido puede encontrar otro sonido. Y en el vínculo, esa experiencia aparentemente sencilla puede comenzar a construirse algo de la tan anhelada comunicación. No necesariamente será un diálogo verbal. Pero sí una nueva experiencia de dirigirse al otro y ser respondido por el otro.

Un niño puede producir un sonido breve y repetitivo. El terapeuta puede responder. El niño vuelve a producirlo. El terapeuta modifica ligeramente su respuesta. Aparece una pausa. El niño la rompe con otra vocalización. En esa escena algo ya está sucediendo. Todavía no hay necesariamente palabras, pero hay turnos, música, expectativa, respuesta, presencia, relación y juego.

Por eso, en musicoterapia, el prelenguaje, en sentido evolutivo, o incluso la lalangue, en el sentido que le da el psicoanálisis, tiene un enorme interés clínico. Antes de que el lenguaje se organice como discurso y adquiera un sentido compartido, existe ya una dimensión sonora hecha de ritmos, vocalizaciones, repeticiones, modulaciones, silencios y resonancias corporales. La lalangue apunta precisamente a esa dimensión del lenguaje que no se reduce a la comunicación de un significado: el sonido de la voz, su musicalidad, sus equívocos, aquello que se inscribe en el cuerpo antes —y más allá— de lo que las palabras consiguen decir.

Desde esta perspectiva, la musicoterapia no necesita esperar a que aparezca la palabra para comenzar a trabajar con el lenguaje. Puede situarse en ese territorio anterior y, a la vez, profundamente humano, donde un sonido puede ser respondido por otro, donde un ritmo compartido construye una espera y donde una vocalización encuentra un interlocutor. No se trata de convertir el sonido en palabra a toda costa, sino de reconocer que ya puede haber allí una forma de decir, de dirigirse al otro y de construir un lazo. Y es precisamente desde ese lugar donde, en algunos casos, la palabra podrá encontrar posteriormente un camino para aparecer.

Una vocalización que comienza siendo aislada, o hacer parte de una repetición propia de la expresión autista, puede entrar en un intercambio musical y convertirse en una plataforma para nuevas formas de comunicación. Una repetición puede convertirse en un turno. Un ritmo puede transformarse en una estructura compartida. Una canción puede generar anticipación. Una palabra cantada puede aparecer antes de poder ser utilizada espontáneamente en una conversación.

Aquí encontramos uno de los aspectos que considero especialmente interesantes de la relación entre música y lenguaje: la música organiza temporalmente la experiencia:

Permite esperar. Permite anticipar. Permite repetir. Permite interrumpir y comenzar de nuevo. Y todas estas operaciones pueden formar parte de una experiencia de comunicación compartida.

Esta hipótesis está siendo estudiada específicamente en niños autistas con lenguaje verbal mínimo. Williams et al. (2024), realizaron el estudio MAP (Music-assisted language learning), un ensayo aleatorizado de viabilidad centrado precisamente en el aprendizaje del lenguaje con apoyo musical. Aunque el estudio no permite todavía establecer la eficacia definitiva de este tipo de intervención, sus resultados apuntan a la necesidad de seguir investigando cómo la música puede apoyar el aprendizaje temprano de palabras y combinaciones lingüísticas en esta población. (PubMed)

Esto resulta especialmente relevante porque nos sitúa ante una cuestión diferente de la simple estimulación. No se trata solamente de producir sonidos para que aparezcan palabras. Se trata de comprender cómo el sonido puede convertirse en un espacio de atención compartida, anticipación, turnos y relación, condiciones que pueden favorecer diferentes formas de comunicación.

La improvisación: escuchar el sonido del otro

En el tratamiento del autismo la improvisación musical como modo de intervención adquiere un valor particular.

Improvisar no significa tocar cualquier cosa. En el contexto clínico, implica una escucha activa un saber práctico y una respuesta ajustada a aquello que está sucediendo en el encuentro.

El niño vocaliza. El terapeuta escucha. El niño repite. El terapeuta responde. El niño cambia la intensidad. El terapeuta modifica la suya. Aparece una pausa que también puede ser escuchada. Quizá no de frente al niño, porque le causará resistencia, quizá sea a distancia, en la lateralidad… De manera muy sutil y permeada por muchos silencios… De esta manera, la improvisación puede transformar un comportamiento sonoro aparentemente aislado en una experiencia de reciprocidad y cambio.

No porque interpretemos inmediatamente ese sonido como si supiéramos exactamente qué significa, sino porque le damos la posibilidad de entrar en relación y transferencia.

Esta diferencia me parece fundamental.

No necesitamos decir:

«Este sonido significa esto».

Podemos comenzar preguntándonos:

«¿Qué ocurre si respondo a este sonido?»

Y después observar.

¿Lo repite?

¿Lo modifica?

¿Espera?

¿Se acerca?

¿Se aleja?

¿Aumenta o disminuye su participación?

¿Aparece otro sonido?

¿Aparece una mirada?

¿Aparece un gesto?

La improvisación permite construir una especie de laboratorio de escucha relacional.

Y es precisamente aquí donde la musicoterapia puede aportar algo específico: no solamente escuchar el comportamiento sonoro del niño, sino entrar en diálogo con él sin exigir que previamente se convierta en palabra.

La palabra

La musicoterapia no debería presentarse como una técnica capaz de hacer hablar a los niños y niñas autistas. No podemos convertir el deseo legítimo de una familia de escuchar hablar a su hijo o hija en una promesa terapéutica.

Además, como ya se ha dicho, la comunicación no es sinónimo de habla.

Una persona puede comunicarse mediante gestos, mirada, movimiento, imágenes, sistemas aumentativos y alternativos de comunicación, escritura, dispositivos tecnológicos, sonidos o muchas otras vías.

El objetivo no debería ser imponer una única forma de comunicación considerada superior, sino ampliar las posibilidades de expresión, relación y participación de cada persona.

No prometer la palabra y, al mismo tiempo, no dejar de escuchar la posibilidad de que aparezca

Yo he vivido, a lo largo de mi práctica clínica, situaciones en las que niños y niñas que todavía no habían accedido al lenguaje verbal comenzaron posteriormente a producir palabras, frases o formas cada vez más complejas de comunicación oral.

No afirmaría nunca que la musicoterapia fue la causa exclusiva de ese acontecimiento. El desarrollo humano no funciona de una manera tan lineal.

Intervienen muchos factores: la maduración, las experiencias educativas, la familia, otros tratamientos coordinados como la logopedia, las oportunidades de interacción y sobre todo las condiciones particulares de cada niño o niña.

Y también interviene aquello imprevisible que forma parte de todo proceso subjetivo.

Pero tampoco quiero negar lo que he podido observar: La música estaba allí en algunos de esos procesos en los que, después de un largo trabajo conjunto, apareció el lenguaje verbal. Estaba allí como espacio de relación sonora y melódica que hace más accesible la palabra para el infante con autismo. Esta la musica como posibilidad de anticipación, como forma de regulación, juego, intercambio y experiencia compartida.

La revisión de ensayos clínicos aleatorizados realizada por Alayidh et al. (2025) encontró resultados mixtos: algunos estudios mostraron mejoras en comunicación social y otros resultados específicos, mientras que estudios de mayor tamaño no encontraron cambios significativos en algunos de los principales resultados sociales. Los autores concluyen que los resultados son prometedores, pero que hacen falta estudios más amplios y de mayor duración. (PubMed)

Por eso creo que necesitamos sostener simultáneamente dos posiciones:

No prometer la palabra con musicoterapia y a la vez, no dejar de trabajar para que pueda aparecer, si puede aparecer.

Ampliar nuestra idea de lenguaje

A veces imaginamos el desarrollo como una escalera:

sonido → palabra → frase → conversación.

Pero la experiencia clínica es mucho más compleja.

Puede haber palabras sin intención comunicativa. Y puede haber mucha comunicación sin palabras.

Puede haber ecolalia que posteriormente adquiere una función comunicativa.

Puede haber canciones memorizadas antes de que aparezca el lenguaje espontáneo.

Puede haber una palabra que aparece cantada y que tarda mucho más tiempo en aparecer hablada.

Y puede existir una enorme riqueza comunicativa en una persona que nunca desarrolla lenguaje oral.

La revisión de Shi et al. (2024) resulta interesante precisamente porque no limita los posibles efectos de la musicoterapia a la producción verbal, sino que analiza conjuntamente dimensiones de comunicación lingüística y habilidades sociales. (PubMed)

Esto permite pensar el lenguaje de una manera más amplia. Porque quizá antes de hablar de estimular el lenguaje, mejor necesitamos preguntarnos:

¿Qué condiciones hacen posible que alguien quiera, pueda y encuentre una manera de dirigirse al otro?

Escuchar antes de intervenir

Quizá aquí se encuentre una de las aportaciones más importantes de la musicoterapia al trabajo clínico con autismo: La escucha no es pasiva. Escuchar implica una posición. Implica estar disponible para aquello que todavía no sabemos interpretar.

Un niño produce una vocalización. Podemos considerarla ruido. O podemos preguntarnos:

¿Puede ser una invitación?

Un niño repite un sonido. Podemos intentar eliminar la repetición.

O podemos mejor así, entrar en ella y descubrir si puede convertirse en un turno.

Un niño golpea repetidamente y de manera extraña un instrumento. Podemos detenerlo de seguida para mostrarle como se toca ese instrumento de manera “normativa”. O podemos encontrar el pulso que está produciendo y construir algo desde allí.

No siempre será necesario intervenir. Porque también ocurre que, a veces la intervención consiste precisamente en esperar. Y esta espera tiene una dimensión profundamente clínica.

Escuchar la voz que ya tiene

Antes de pedirle a un niño que encuentre una voz, quizá tengamos que aprender nosotros a escuchar la voz que ya tiene, aunque todavía no sea una voz hecha de palabras. La música puede ayudarnos precisamente en ese lugar.

A veces será una canción. A veces una improvisación, un ritmo, una sola nota.

A veces una vocalización o el silencio.

Porque en determinados momentos de la clínica se trata justamente de no añadir más estímulos a un mundo que ya puede sentirse excesivamente lleno, sino ayudar a hacer espacio para que algo pueda comenzar a decirse.

La musicoterapia puede aportar, desde ahí, un medio clínico particularmente rico: permite trabajar simultáneamente con el sonido, el cuerpo, el ritmo, la regulación, la atención compartida, la anticipación, la reciprocidad y el vínculo.

Pero no debería hacerlo de manera aislada. En el trabajo con niños y niñas autistas, la musicoterapia necesita formar parte de una intervención también basada en la psicología y la psicoterapia y, cuando corresponda, otras terapias o sistemas aumentativos y alternativos de comunicación.

Es un recurso clínico prometedor, con un cuerpo creciente de investigación científica, especialmente en determinadas dimensiones de la comunicación, la interacción social y la participación, siempre atendiendo a la variabilidad individual y a los objetivos concretos de cada persona (Alayidh et al., 2025; Shi et al., 2024; Whipple & Schwartzberg, 2024).

Y quizá ahí encontremos la cuestión esencial: no se trata de utilizar la música para centrarnos únicamente en conseguir que el niño hable si no para escuchar, encontrarnos y construir vías de comunicación que sean posibles para ella o el.

 

Referencias

  • Alayidh, M., Alawad, F., Alanazy, W. B., Al-Harbi, F. O., Alotaibi, A. M., Al Mohammed, Q. A., Aljubran, A. S., Al-Otaibi, R. T., Al-Otaibi, R. F., & Al Rubaie, T. R. (2025). Music therapy for people with autism spectrum disorder: A systematic review of randomized clinical trials. Cureus, 17(3), e81361. https://doi.org/10.7759/cureus.81361 (PubMed)
  • Shi, Z., Wang, S., Chen, M., Hu, A., Long, Q., & Lee, Y. (2024). The effect of music therapy on language communication and social skills in children with autism spectrum disorder: A systematic review and meta-analysis. Frontiers in Psychology, 15, 1336421. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2024.1336421 (Frontiers)
  • Williams, T. I., Loucas, T., Sin, J., Jeremic, M., Meyer, S., Boseley, S., Fincham-Majumdar, S., Aslett, G., Renshaw, R., & Liu, F. (2024). Using music to assist language learning in autistic children with minimal verbal language: The MAP feasibility RCT. Autism, 28(10), 2515–2533. https://doi.org/10.1177/13623613241233804 (Sage Journals)

Arte Clínico

Soy Sandra Aurora Muñoz, psicóloga, psicoanalista y especialista en Arte Clínico, con formación en musicoterapia, psicomotricidad y conciencia corporal-emocional.

Acompaño procesos terapéuticos, formación y asesoramiento a familias y profesionales.