Deporte y salud mental: transformar el cuerpo, las heridas y volver a empezar

Transformación personal, deporte y salud mental

Hace unos meses decidí entregarme completamente a una experiencia nueva: correr.

No solo como deporte. No solo como reto físico. Sino como una forma de atravesarme a mí misma desde otro lugar.

Y aunque podría hablar de mi buena marca conseguida en mis primeros 5K, eso no es realmente lo importante. Lo importante es todo lo que está ocurriendo mientras llegaba hasta ahí.

Puedo contar que tengo una nueva experiencia de cuerpo y de vida: Gracias al profesor Juan Carlos y los técnicos de la sala; también amigos maravillosos del gimnasio DIR (y muy especialmente el DIR Hispa de Horta), que me están ayudando a superarme con amor y método, y me han entrenado con excelencia profesional durante meses.

Gracias a una persona que se cruzó con mi vida y me enseñó a amar el deporte como amo el arte.

Gracias a unas ganas tremendas de vivir y seguir creciendo y aprendiendo con las caídas y los errores… Porque una meta deportiva puede ser una forma de volver a encontrarse.

Cambiar sigue siendo posible en cualquier etapa de la vida

A veces creemos que “ya somos así”. Y miramos todo bajo un solo prisma, hoy día, nunca mejor dicho, miramos todo también bajo el algoritmo que nos conviene y nos da aquello que necesitamos escuchar con tal de no hacernos más preguntas.

Creemos quizá que nuestras heridas quedaron curadas. Y cuando pensábamos que estaban resueltas, algo nos sacude y nos estampa a la realidad de que aún queda mucho por sanar y entender…

Pero el cuerpo y el deporte tiene algo profundamente revolucionario que puede ser puente para un cambio psíquico: El cuerpo nos demuestra que todavía podemos transformarnos y el deporte nos afronta a las derrotas inevitables.

Igualmente, no importa demasiado en qué momento vital estés. Siempre existe la posibilidad de revisar aquellas cosas que impiden seguir de forma más consciente. Como quién limpia “lugares tan incómodos y oscuros que nadie repasa aquellos como ese polvo casi imperceptible que hay debajo de las tazas” (tal como dice la canción “Pasa que” de Santiago alonso y Adrián Berra).

Siempre tenemos la oportunidad de movernos articulando palabra y saber con el cuerpo con el deseo construir otra relación con uno mismo. Pero ese cambio implica también aceptar algo bastante humano: todos fallamos. Todos hemos sido egoístas, evitativos, inmaduros, tóxicos y llenos de rasgos y comportamientos narcisistas en algún momento de nuestras vidas.

Y quien no… que tire la primera piedra.

Redes sociales, etiquetas y la psicología de las certezas

Meterse hoy en internet desde una mirada vinculada al arte clínico, al psicoanálisis o a la complejidad humana no es fácil. Porque vivimos actualmente rodeados de diagnósticos instantáneos, etiquetas rápidas y discursos de odio donde todo parece poder resumirse en:

  • “el o la narcisista”,
  • “víctima”,
  • “dependiente”,
  • “persona tóxica”,
  • “red flag”.

Lo he llamado cómicamente (habrá que seguir con humor, ¿no?), de “pseudo-psicología del despechado o resentido”. Porque toda nuestra complejidad subjetiva no puede reducirse a un vídeo de treinta segundos. Y muchas veces los perfiles que más crecen en internet son precisamente aquellos que alimentan el resentimiento, llenos de odio, falta de perdón y mensajes unilaterales que alimentan la necesidad de encontrar culpables absolutos afuera de uno mismo. Mensajes que se filtran como profesionales, ofreciendo una mirada dicotómica y simplista de la naturaleza humana.

Se exponen experiencias personales como una verdad válida para todos los casos, en las relaciones de pareja, entre padres madres e hijos, atreviéndose muchos perfiles a dar diagnósticos sin estudios prévios. Todo lo que sea una etiqueta que exculpa uno y culpa plenamente el otro, con tal de vender, o de desahogarse…

Discursos donde siempre hay un malo super malo y un bueno supuestamente casi perfecto. Pero la vida real rara vez funciona así. Porque si, sabemos que están los “super chungos de la película”, psicópatas, narcisistas, anti sociales… Pero por suerte no son la mayoría de la población … (De estos podemos hablar otro día) …

El amor, las heridas y la complejidad humana según Lacan

El psicoanálisis —y especialmente Jacques Lacan— plantea algo profundamente incómodo y humano: que amar implica falta.

Lacan decía: “Amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es.”

Y aunque de esa frase se merece un texto entero para profundizar, podemos concluir en estos tiempos “post – contemporáneos – algorítmicos”, que las relaciones humanas siguen siendo como en la época de Lacan y nunca son completamente limpias, perfectas o simétricas. Porque si no, viviríamos en el Paraíso, y como sabemos de él ya caímos hace tiempo cuando abandonamos la caridad y abrazamos la soberbia…

Además, todos llegamos a nuestros vínculos atravesados por heridas, fantasías, contradicciones y límites. Ya sea de la marca primaria de la infancia, o por las contingencias de la vida que nos van dejando lo que llamamos nuestras “mochilas” …

Y precisamente por eso deberíamos desconfiar un poco más de los discursos que prometen saber lo que son personas totalmente sanas y, por otro lado, personas totalmente tóxicas.

Deberíamos dejar de reducimos a nuestro juicio herido, a un rótulo, un falso diagnóstico de reel de internet.

También deberíamos desconfiar de relaciones completamente libres de conflicto. La vida es conflicto. El tema es como lo sobrellevamos… Y como decidimos (o no) crecer con el…

En esta dicotomía que vengo analizando a meses en las redes sociales y distintos perfiles, también preocupa cómo internet se ha llenado de discursos cada vez más polarizados y llenos de odio. Simplificando algo muchísimo más complejo: las relaciones humanas. Y eliminan algo esencial: la responsabilidad subjetiva.

Porque madurar también implica preguntarse (y muchas veces solo maduras cuando “te estrellas”; ya sea en una relación amorosa, de amistad o incluso de trabajo):

  • ¿Qué cosas necesito revisar?
  • ¿Qué parte de mis vínculos depende también de mí?
  • ¿Qué heridas proyecto sobre otros?
  • ¿Qué síntoma repito?
  • ¿Cómo dejar aquellos significantes que me construyeron la manera de sobrellevar la vida, pero que enmascaran algo más sutil de mi subjetividad?

En relación con esta necesidad contemporánea de encontrar culpables absolutos, el psicoanalista José Ramón Ubieto (Ubieto J., 2025, 2026), recupera en un reciente artículo para Catalunya Plural algunas ideas muy interesantes de André Malraux, Pascal Bruckner, Freud y Lacan para hablar de política, y que vienen muy al caso de lo que trato de exponer. Ubieto recuerda cómo Bruckner habló de “la tentación de la inocencia”: esa tendencia cada vez más extendida a situarnos únicamente como víctimas de lo que nos ocurre, desplazando siempre la responsabilidad hacia afuera. El sistema, la pareja, la política, “los y las narcisistas”, “las personas tóxicas” … Siempre hay un Otro culpable perfectamente localizado.

Freud ya había observado algo parecido en lo que llamó la “teoría neurótica de la culpa”: culpar al otro de aquello que también nos pertenece. Y Lacan retomará después la idea de que hacerse adulto no depende de la edad, sino de la capacidad de asumir cierta responsabilidad subjetiva respecto a lo que uno hace, desea y repite. (Yo añadiría también respecto a lo que uno “cosecha”)

Quizá por eso internet se ha convertido muchas veces en un enorme escenario donde proliferan discursos que alivian momentáneamente el dolor, ofreciendo culpables simples y explicaciones rápidas. Pero pensar de verdad —y transformarse de verdad— implica soportar algo mucho más incómodo: aceptar que también participamos, consciente o inconscientemente, en muchas de las dinámicas que nos hacen sufrir.

Y eso no significa culpabilizarse de todo.

Significa salir de la posición cómoda donde siempre hay un monstruo afuera y un inocente dentro.

Necesitamos menos gurús emocionales, menos recetas psicológicas que reducen la subjetividad humana a rótulos comportamentales, menos odio en internet y más capacidad para pensar implicándonos íntimamente en ello. Menos despecho revestido falsamente de conocimiento. Porque por mucho que duela: compartir tu propia experiencia de vida en internet no te conviene en experto para hablar de la psique humana…

Porque crecer no consiste en convertirse en alguien impecable. Consiste en seguir teniendo el valor de mirarse, reconocer errores, reparar con los que hemos herido cuando se puede (y aceptar cuando no se puede) y seguir transformándose.

Y el cuerpo en movimiento es una de la vía para ello. Al menos para mí lo fue.

Correr, entrenar y atravesar los propios límites

Curiosamente, correr me devolvió a una experiencia muy simple y muy verdadera: el cuerpo no miente. Y el cuerpo, cuando expuesto a un reto grande como correr a larga distancia (o una no tan larga, pero a mucha velocidad, como ha sido mi caso), te devuelve a ti de una manera muy singular, y te hace hacerte preguntas íntimas que quizá no te podrías hacer de otro modo.

Porque proponerse un reto físico te presenta límites y también es una manera de desmontar la fantasía que uno en su neurosis intenta mostrar al otro y a sí mismo.

Y sí, también, hay algo biológico muy poderoso en todo esto: el ejercicio intenso y sostenido genera liberación de endorfinas, dopamina, serotonina y adrenalina, sustancias relacionadas con el bienestar, la motivación y la regulación emocional. Pero más allá de la neuroquímica, ha sido la experiencia emocional y subjetiva posterior al acto del ejercício, la que más me ha interesado. Aunque es una experiencia que solo la puedes trazar y descubrir tú mismo. Yo si tengo claro que eso es muy particular de cada uno…

Tú puedes más de lo que crees

Qué bueno lograr retarse un poco más, en el deporte; en los vínculos. En el amor… En la manera de mirarnos, a nosotros mismo y a los demás.

Atravesando y aceptando miedos y nuestras contradicciones. Allí donde fallamos. Porque es ahí que puedes encontrar la llave para hacer un deseado cambio y poner en juego algo del deseo.

Dentro de nosotros sigue existiendo una voz —como el pequeño grillo de Pinocho— que insiste suavemente:

“Tú puedes más de lo que crees. ¡Hazte más preguntas!

Y dame 20 repeticiones de cada serie de entreno, no menos!”

Esa voz que te reta internamente… No dejes de escucharla…

 

Referencias:

José Ramón Ubieto (2025, 27 mayo). La tentación de la inocencia: votantes y responsabilidad política. Catalunya Plural. https://catalunyaplural.cat/es/tentacion-inocencia-votantes-responsabilidad-politica/

Arte Clínico

Soy Sandra Aurora Muñoz, psicóloga, psicoanalista y especialista en Arte Clínico, con formación en musicoterapia, psicomotricidad y conciencia corporal-emocional.

Acompaño procesos terapéuticos, formación y asesoramiento a familias y profesionales.