Antes de empezar, una aclaración
Este artículo propone una reflexión sobre las relaciones humanas desde una perspectiva psicoanalítica. No pretende negar la existencia del abuso, la violencia o las relaciones de maltrato, sino invitar a pensar que no toda experiencia amorosa puede comprenderse mediante categorías diagnósticas simplificadas. La escucha clínica exige atender la singularidad de cada sujeto y de cada historia.
Cuando las etiquetas sustituyen la escucha
En los últimos años asistimos a una proliferación, especialmente en las redes sociales, de discursos que intentan explicar el amor y el sufrimiento humano mediante fórmulas rápidas y categorías aparentemente claras: narcisismo, relaciones tóxicas, vínculos dañinos. Conceptos que, si bien pueden tener un valor orientativo, con frecuencia se utilizan de manera indiscriminada y terminan convirtiéndose en moldes rígidos que reducen la complejidad de la experiencia en el amor y de los afectos.
Vivimos en una época en la que el sufrimiento parece exigir una explicación inmediata y un responsable “malo” claro. Las redes sociales favorecen relatos breves que muchas veces están sesgados e incitan a la hostilidad; con elementos fáciles de consumir y partiendo de la dicotomía: víctima – verdugo, narcisista – empático, tóxico – sano. Sin embargo, corremos el riesgo de perder de vista en muchos casos aquellos matices entre medio de esos polos tan opuestos.
El término narcisista se ha convertido en una de las palabras más de moda para explicar las decepciones afectivas. Sin embargo, desde el psicoanálisis, el narcisismo designa una dimensión constitutiva más compleja. Y con este artículo propongo una mirada a las relaciones desde el modo en que cada uno se relaciona con su deseo, con su falta y con el otro.
Reducir sin mirada profesional un vínculo complejo a una etiqueta diagnóstica puede ofrecer un alivio momentáneo, parece ordenar el caos y puede devolver una sensación de comprensión. Pero esa aparente claridad puede tener un precio: impedir que aparezca una pregunta verdaderamente transformadora. No solo ¿qué me hizo el otro?, sino también ¿qué de mi historia (y mi goce) se pone en juego en este encuentro con el otro?
Como apuntaba en mi último artículo del blog, el discurso dominante de muchos perfiles «psi» en redes sociales, tiende a clasificar y etiquetar a las personas mediante categorías que se repiten una y otra vez, generando la ilusión de comprender las relaciones humanas y la subjetividad. Este fenómeno conlleva varios riesgos.
- Elimina la pregunta y la sustituye por esquemas replicables, como si todas las relaciones pudieran comprenderse a través de una misma receta.
- Instala certezas donde deberían existir matices, favoreciendo dicotomías rígidas y, en ocasiones, discursos abiertamente hostiles (basta observar el preocupante fenómeno internacional de la Red Pill).
- Fija identidades a partir de comportamientos aislados y descontextualizados, olvidando que el sujeto siempre es más complejo que una lista de rasgos.
Lo he llamado, con cierta ironía, la psicología del resentido o del despechado: un tipo de discurso donde escasean las preguntas y abundan las certezas, los moldes rígidos y los juicios categóricos. Con frecuencia proviene de perfiles que prometen listas infalibles para identificar «a la mujer narcisista», «al psicópata integrado» o «a la pareja tóxica en ocho pasos», presentando fenómenos de enorme complejidad como si pudieran comprenderse mediante un vídeo de menos de un minuto.
La lógica que sostienen suele ser siempre la misma: si un grupo de personas aísla a otra, entonces el aislado es necesariamente la víctima y el resto los verdugos; si alguien desaparece de una relación, el otro debe ser un narcisista; si una persona pone un límite, probablemente esté ejerciendo violencia psicológica. Se construye así una narrativa dicotómica en la que siempre existe un culpable absoluto y una inocencia absoluta.
Sin embargo, tanto la experiencia clínica como el psicoanálisis invitan a desconfiar de estas simplificaciones. Freud ya advertía, en Psicología de las masas y análisis del yo (1921), que cuando los individuos se integran en una masa disminuye su capacidad crítica y aumenta su tendencia a identificarse emocionalmente con las creencias compartidas por el grupo. La masa busca cohesión, pero muchas veces la consigue a costa de fabricar enemigos comunes y reforzar relatos simplificados que alivian la angustia de pensar.
Las redes sociales, potenciadas por algoritmos que premian la polarización y la confirmación de sesgos, parecen amplificar precisamente este funcionamiento. Se crean auténticos fenómenos de sugestión colectiva donde determinadas etiquetas circulan como verdades indiscutibles y se convierten en nuevos significantes que organizan la lectura de cualquier conflicto humano.
Lamentablemente existen personas con estructuras narcisistas o vínculos profundamente destructivos — y requieren un abordaje clínico serio—. El problema aparece cuando creemos que toda relación puede clasificarse de manera inmediata, sin escucha, sin contexto y sobre todo sin interrogar la propia posición subjetiva frente a aquello que nos ha hecho sufrir.
No todo vínculo que duele responde a la misma lógica, ni toda separación puede explicarse mediante una única etiqueta diagnóstica. Es precisamente aquí donde el psicoanálisis introduce una pregunta diferente: ¿Qué cosa de mi goce y propia subjetividad está implicada en lo que me pasa?
La transformación que nace de un trabajo subjetivo
No se sale del sufrimiento mediante la negación ni permaneciendo atrapados en la repetición, sino a través de un trabajo más profundo y silencioso.
Existe una forma de paz y de transformación que no proviene de la evasión, de la indiferencia, del rechazo absoluto del otro, ni de una aparente superación basada en el olvido.
Es una paz más difícil de alcanzar: aquella que surge de atravesar un proceso analítico y emocional en el que cada uno se implica en su propia historia, asumiendo la responsabilidad por su posición subjetiva y por el modo singular en que se relaciona con su deseo y con su goce.
Desde la perspectiva de Jacques Lacan, esto supone algo fundamental: dejar de responder automáticamente desde el lugar donde fuimos heridos. Significa no quedar capturados por la lógica del síntoma entendida como una repetición ciega.
Cuando el síntoma insiste
La repetición, desde el psicoanálisis, no consiste simplemente en hacer una y otra vez lo mismo. Es aquello que insiste allí donde algo de nuestra verdad permanece sin elaborarse.
Freud en Recordar, repetir y reelaborar (1914), Más allá del principio de placer (1020), nos habla de que aquello que el sujeto no consigue recordar o elaborar y que retorna bajo la forma de la repetición, o compulsión a la repetición (Wiederholungszwang). Lacan retoma esta intuición y la radicaliza al situar que, en esa repetición, no solo retorna un conflicto inconsciente en forma de síntoma, sino también una modalidad singular de goce.
Por lo tanto, el síntoma no es solamente un error que deba eliminarse como quién se toma una pastilla para aliviar el dolor sin mirar la causa de fondo de ese mal estar. El síntoma es una forma mediante la cual cada sujeto responde a aquello que no ha podido simbolizar plenamente. Por eso el síntoma insiste, retorna y encuentra nuevas formas de manifestarse si no somos capaces de mirar “su fondo”. No se trata de una repetición mecánica, sino de la persistencia de un modo de responder al deseo, a la falta y al encuentro con el otro.
Por lo tanto, mientras el sujeto permanezca convencido de que la causa de su sufrimiento reside únicamente fuera de él, esa repetición encontrará nuevos escenarios, nuevos nombres y nuevos protagonistas. Cambiará el rostro de la pareja, del amigo, del jefe o del familiar, pero la lógica que organiza ese sufrimiento tenderá a reaparecer bajo formas diferentes.
El trabajo analítico no consiste en borrar el pasado ni en encontrar culpables definitivos. Tampoco en aprender a señalar mejor los defectos ajenos. Consiste en producir un desplazamiento respecto de la propia posición subjetiva, interrogando también la forma en que cada uno participa —sin saberlo— de aquello que le hace sufrir.
Ese desplazamiento implica una pregunta incómoda, pero profundamente transformadora:
¿Qué lugar ocupa mi propio goce en aquello que se repite?
No se trata de culpabilizar al sujeto por lo que ha vivido. Se trata de reconocer que existe una diferencia entre aquello que nos sucede y la posición que, muchas veces sin saberlo, terminamos ocupando frente a ello.
El trauma y la posibilidad de una nueva posición
El trauma, lejos de ser únicamente un acontecimiento externo o una suma de hechos dolorosos, es también aquello que no ha podido ser simbolizado; aquello que irrumpe dejando al sujeto sin palabras suficientes para integrarlo en su propia historia.
Y es precisamente ahí donde se abre la posibilidad de un verdadero trabajo de superación: no en rechazar absolutamente al otro, ni en intentar borrar lo ocurrido, sino en construir una nueva posición frente a esa experiencia. Se trata de otorgarle un lugar distinto dentro del propio relato vital para que deje de repetirse como un destino inevitable.
En términos psicoanalíticos, implica desmontar progresivamente aquellas identificaciones, significantes y coordenadas subjetivas que mantenían al sujeto anudado a modos de relación que, en un determinado momento de su vida, le hicieron sufrir o dejaron de sostener su deseo.
Solo cuando algo de esa trama puede reescribirse, el sujeto deja de definirse exclusivamente por la herida y comienza a abrir la posibilidad de nuevos modos de amar, de vincularse y de habitar su propia existencia.
No se trata de no haber sido herido. Se trata de no quedar reducido a esa herida.
De poder hacerse preguntas a partir de aquello que nos marcó, para bien y para mal. De poder transformar la pregunta por el otro en una pregunta más íntima sobre nuestra propia posición frente al otro y lo que nos sucede en la vida.
Lacan introduce aquí una formulación enigmática: la existencia de una insondable decisión del ser. No se refiere a una elección consciente y racional.
Frente a las contingencias de la vida —aquello que no elegimos, aquello que irrumpe sin pedir permiso— existe siempre una posición que se construye.
Entre la determinación y la insondable elección existe un espacio donde algo nuevo puede emerger mediante un análisis.
Y quizá sea precisamente en ese espacio entre aquello que nos sucede y lo que hacemos con ello, donde emerge la insondable decisión del ser. Todo empezando por la pregunta que te sitúa tu subjetividad y goce frente aquello que te rodea.