No trabajo con etiquetas, trabajo con historias: una ética clínica necesaria

En la clínica contemporánea, dominada por manuales diagnósticos, protocolos estandarizados y categorías cada vez más amplias donde cabe un inmenso espectro, afirmar “no trabajo con etiquetas, trabajo con historias” no es una consigna romántica ni mucho menos una posición anticientífica: es, ante todo, una posición ética.

Una ética terapéutica necesaria a ser también pensada y llevada a la práctica terapéutica.

Porque cuando una etiqueta ocupa todo el espacio, la historia del sujeto se silencia. Y sin historia y sujeto singular no hay clínica posible.

Más allá del diagnóstico: una escucha ética del sujeto

Desde el psicoanálisis sabemos que el sujeto no se reduce ni a un diagnóstico, ni a un síntoma, ni tampoco a un conjunto de conductas observables. Sigmund Freud introduce ya a comienzos del siglo XX una ruptura radical con la lógica médica clásica al plantear que el síntoma no es un déficit a eliminar, sino una formación de compromiso ( lo que el nomra como Kompromissbildung): una solución singular que el aparato psíquico construye frente a un conflicto interno (Freud, 1915).

En La represión (1915), Freud introduce de manera explícita este concepto, traducido en la edición de Amorrortu como transacción, para dar cuenta de cómo lo reprimido retorna bajo formas sustitutivas. El síntoma sería así el resultado de esa transacción entre fuerzas pulsionales y defensivas (Freud, 1915/1992). Desde una lectura clínica actual, el síntoma puede entenderse como una invención singular que el sujeto construye para tramitar tensiones inconscientes. No suprime el conflicto, sino que lo bordea, ofreciendo una vía alternativa de satisfacción y de regulación, muchas veces inscrita en el cuerpo y en registros no verbales.

En Inhibición, síntoma y angustia (1926), Freud muestra además que el síntoma cumple una función, y que suprimirlo de manera reeducativa y “por lo sano”, sin escuchar su sentido más profundo produce, con frecuencia, nuevas formas de sufrimiento y sintomatología (Freud, 1926/1993). Esta enseñanza será retomada y profundizada por muchos autores posteriores.

Diagnóstico, estructura y ética de la intervención

Jacques Lacan retoma esta enseñanza freudiana al situar el síntoma no solo como una formación de compromiso, sino como una respuesta subjetiva al lenguaje y al encuentro con lo real. Desde sus primeros seminarios, Lacan sostiene que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, y que el sujeto no preexiste a este, sino que se constituye en el campo del Otro, a través de la inscripción simbólica que lo nombra, lo ordena y, al mismo tiempo, lo divide (Lacan, 1953–1954). En este sentido, el síntoma no puede entenderse como un mero fenómeno patológico, sino como una solución singular frente a los impasses producidos por la entrada del sujeto en el orden simbólico.

A lo largo de su enseñanza, y especialmente en su último período, Lacan profundiza esta concepción al introducir el encuentro con lo real como aquello que no se deja simbolizar completamente y que insiste más allá del sentido. En El Seminario, Libro 23: El sinthome (1975–1976), el síntoma deja de pensarse únicamente en términos de mensaje a descifrar y pasa a concebirse como un modo de anudamiento entre lo simbólico, lo imaginario y lo real. El síntoma no es entonces algo a eliminar, sino un arreglo singular que permite al sujeto sostener su existencia, su cuerpo y su goce. Esta perspectiva tiene consecuencias éticas decisivas para la clínica: la intervención no apunta a normalizar ni a corregir, sino a respetar y según como, incluso aceptar e integrar aquellos modos singulares de anudamiento que permiten al sujeto habitar el mundo.

Desde esta lectura, el diagnóstico orienta la práctica, pero no sustituye la escucha e intervención del caso por caso. Es decir que puede orientar, pero no puede gobernar la dirección de la cura ni convertirse en un protocolo uniformizado de actuación.

Cada sujeto inventa su forma de respuesta al lenguaje y a lo real y al Otro, y esa invención puede tomar la forma de un síntoma, de un gesto, de una producción creativa o de un modo particular de relación con el cuerpo y el entorno. Es precisamente aquí donde el Arte Clínico encuentra su fundamento: al ofrecer dispositivos que trabajan con el cuerpo, la voz, el ritmo y la creación desde dispositivos que romben con la expresión cotidiana, habilitan otras vías para sostener y acompañar esos anudamientos singulares, sin imponer significaciones inmediatas de “normalidad”, ni reducir la experiencia subjetiva a categorías diagnósticas y comportamentales.

Cada sujeto se estructura a partir de un anudamiento propio y por como presenta sus modos singulares de arreglo con el goce. Cuando la intervención se reduce a una técnica aplicada de forma homogénea, el sujeto queda degradado a objeto de intervención, perdiéndose así la dimensión ética de la clínica psicoanalítica.

Trabajar desde esta ética del sujeto implica entonces sostener una pregunta abierta, sin responderla de antemano:

¿Quién es esta persona más allá de lo que dicen los manuales diagnósticos o los tests psicométricos? ¿Y qué dice ella misma —con palabras o sin ellas— sobre su experiencia?

La clínica del uno por uno y la singularidad

Partiendo de esta orientación, Jacques-Alain Miller formula lo que denomina una clínica del uno por uno, irreductible a protocolos universales y centrada en la solución singular de cada sujeto (Miller, 2005). El sufrimiento no se presenta de la misma manera, incluso cuando el diagnóstico es idéntico.

Si pensamos el diagnóstico como una vía férrea que puede orientar, la historia del sujeto introduce desvíos, invenciones y soluciones propias. Por ello, una ética clínica rigurosa no busca normalizar, sino alojar la diferencia y acompañar y mejorar, desde ahí, los modos singulares de cómo cada sujeto se las “arregla con ellas” en su día a día.

Muchas de estas historias no pueden narrarse únicamente con palabras, pero se expresan en el cuerpo, en el gesto, en el ritmo, en el sonido o en el silencio, elementos que se convierten en una brújula para la dirección de la cura desde el Arte Clínico.

Arte Clínico y terapias por las artes: fundamentos éticos

Desde esta ética se sostiene la práctica de la intervención del Arte Clínico, que concibe las artes expresivas como dispositivos clínicos en sí mismos, y no como recursos decorativos o complementarios. El cuerpo, la voz y la creación se convierten en vías legítimas de intervención cuando están articuladas desde una base ética sólida, del psicoanálisis aplicado.

En el campo de las terapias por las artes, autoras y autores como Edith Kramer, Cathy Malchiodi y Shaun McNiff han mostrado que el proceso creativo no opera como mera expresión emocional o catarsis, sino como un dispositivo estructurante de la experiencia psíquica (Kramer, 1958; Malchiodi, 2003; McNiff, 1992). La creación —plástica, sonora, corporal o escénica— introduce organización, mediación y acción subjetiva, permitiendo sostener el malestar sin reducirlo ni forzarlo a una significación prematura por parte de un protocolo de intervenció.

Desde esta lectura, el Arte Clínico se inscribe plenamente en la ética psicoanalítica que concibe el síntoma como una solución singular y reconoce el valor de lo que el propio sujeto puede construir, inventar y nombrar, con o sin palabras. El trabajo con materiales, ritmos, movimientos, imágenes o sonidos constituye así una forma de pensamiento en acto, donde cuerpo, creatividad y simbolización se entrelazan.

Estas prácticas encuentran su fundamento ético en el respeto por el tiempo y la lógica singular del sujeto. En este sentido, el Arte Clínico encarna, lo amplía y lo sostiene esta mirada ética desde las bases del psicoanálisis aplicado. En una época marcada por la prisa, la estandarización y la ilusión de soluciones rápidas, sostener una clínica basada en historias —y no en etiquetas— es un acto ético y, también, político. Porque sin historia no hay sujeto en sentido pleno. Y sin sujeto, no hay clínica del uno a uno.

 

Bibliografía de referencia:

  • Freud, S. (1915-1992). La represión. En Obras completas, Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Freud, S. (1926-1993). Inhibición, síntoma y angustia. En Obras completas, Tomo XX. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Lacan, J. (1953-1954). El Seminario, Libro 1: Los escritos técnicos de Freud. Buenos Aires: Paidós.
  • Lacan, J. (1975-1976). El Seminario, Libro 23: El sinthome. Buenos Aires: Paidós.
  • Miller, J.-A. (2005). El partenaire-síntoma. Buenos Aires: Paidós.
  • Kramer, E. (1971). Art as Therapy with Children. New York: Schocken Books.
  • Malchiodi, C. (2012). The Soul’s Palette: Drawing on Art’s Transformative Powers. Boston: Shambhala.
  • McNiff, S. (1992). Art as Medicine: Creating a Therapy of the Imagination. Boston: Shambhala.
Arte Clínico

Soy Sandra Aurora Muñoz, psicóloga, psicoanalista y especialista en Arte Clínico, con formación en musicoterapia, psicomotricidad y conciencia corporal-emocional.

Acompaño procesos terapéuticos, formación y asesoramiento a familias y profesionales.